1 enero 2010

Quiero acostarme y mirar, mirar el infinito, quedarme así, no sentirme más, ni siquiera el más mínimo movimiento. Permanecer quita, percibirte en mi imaginación, pero sólo de una mejor manera. Más veloz, más presente, más en mí. Deseo tocarme la cara y que me mires mientras lo hago, que te genere abrazarme, sentirme la angustia, la soledad sobre la piel, pero sin dejar de observarme, de meterte en mi ser, en mis frustraciones y penas. Convertirte en mi anhelo, en mi única persona, en mi sueño. De repente, levanto la mirada y me encuentro únicamente con mi pensamiento, con este interior tan detestado y predecible. Aquí es cuando mis más desconocidos adentros prefieren insertarse en un mundo de suavidad, de inmovilidad eterna, donde el amar provoque alejamiento. Sólo quiero dejarme llevar por otras sensaciones que me trasladen, de la mejor forma que ellas mismas saben hacer, hacia otra dimensión; de abstracción, de colores y aspiraciones posibles. Finalmente, me queda aceptar que estoy donde estoy y que soy lo que siento. Pero que éso lo sé yo. Mientras tanto, significo carne, movimiento e inexpresión, para el resto. Me quedan estas manos, que al menos acarician mis sábanas, mis ojos, estas hojas. Y así, me siento viva.

Querido 2010, ¿nos tomamos un té y comemos churros?

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